Champagnes Rosé

Champagnes Rosé

No podíamos dejar de dedicar una lección de este Curso a una de las tipologías de Champagne más concretas y definidas, nos referimos a los Rosé. Y para ello nos vamos a basar en un artículo que escribimos tiempo atrás. En él tratábamos de profundizar en este tipo de champagnes con la intención de reconciliarnos con ellos, en aquel momento nos parecían vinos un tanto anodinos, que no aportaban nada nuevo, simplemente color, sentíamos que eran una simple moda, sin atesorar un carácter diferenciador.

Me hace ilusión releer este articulo con la perspectiva de unos años de distancia y muchas botellas de Rosé disfrutadas en el camino, ese texto y la práctica que llevaba aparejada fue un punto de inflexión para nosotros, ello nos sirvió para darnos cuenta que simplemente hay que buscar, sigo pensado que la mayoría de los Rosé comerciales que podemos encontrar en el mercado aportan poco de novedad, son meros facsímiles de una misma cuvee elaborada en blanco, pero sin embargo hay muchos ejemplos de Champagnes Rosé de altísimo nivel que contribuyen a enriquecer la ya de por sí fértil heterogeneidad de tipologías de vinos que podemos encontrar en la Champaña. Es más, escribimos esta lección unos día después de haber disfrutado de una gran experiencia gastronómica en uno de los restaurantes perdidos en la geografía española, concretamente en el Lera, en Castroverde de Campos (Zamora) y haber acompañado elaboraciones culinarias de caza, con mucho temperamento (sabor, potencia, picantes, con grasa,…) siento que los Champagnes Rosé son uno de los vinos más todoterreno y comodines para acompañarnos en la mesa.

En poco tiempo y a base de buscar y probar, he pasado ser un escéptico a un prescriptor de los Champagnes Rosé.

Vayamos con lo que contábamos en ese artículo:

Hasta no hace mucho tiempo los Champagnes Rosé no dejaban de ser una herramienta comercial de última hora para muchas bodegas. La demanda recibida de los locales turísticos más snob de la Costa Azul y sobre todo el tirón de mercado americano, obligó a la mayoría de las bodegas de la Champaña a tener una Cuvee más dentro su porfolio, un Rosé. Y digo que era una solución de última hora, porque la mayoría de productores se limitaban (y hoy en día sigue siendo la práctica más habitual) a mezclar un poco de vino tinto en el ensamblaje de su Brut básico sin Añada. Es decir, no se planteaban hacer una Cuvee con personalidad propia que diera forma al concepto y carácter de lo que ellos entendían que debería ser un champagne rosado.

Los champagnes rosé eran y son en su mayoría, en mi modestísima opinión, vinos “facilones”, con un corte claramente comercial, tratando de mostrar la sensación de afrutados, con dosages (añadido de azúcar antes del encorchado definitivo) generalmente elevados que los suelen convertir en algo pesados y sobre todo faltos de personalidad y carácter.

Recuerdo la anécdota hace algunos años en una de las presentaciones que Paco Berciano y Maribé Revilla (a los que tanto admiro) realizan anualmente en Burgos y que reúnen a grandes vignerons y bodegas de distintas procedencias, cuando charlábamos con Jean Francois Sanz Clouet, actual director de la bodega André Clouet, nos mostraba la prueba que en la mayoría de casos es prácticamente imposible en cata a ciegas, si no se puede observar el color del champagne, diferenciar cual es el BSA (Brut sin Añada) y cual el Rosé. Hicimos la prueba con distintos catadores, con los ojos cubiertos, y casualmente ninguno fue capaz de diferenciar cual de los champagnes era el Rosé.

Muchos bodegueros me han transmitido su falta de interés por los Rosé, algunos incluso esgrimen que van en contra de la esencia misma de los vinos de Champagne, que siempre han tratado de evitar la coloración de los mostos, con aplicación de prensas muy lentas y delicadas y la ausencia de maceración con el hollejo. Pero la importante demanda internacional de este formato asociada el halo de cierto glamour “hollywoodiense” de este estilo de espumoso, obligan a ceder hasta a los más fundamentalistas.

Rose

¡Ojo! por supuesto que soy capaz de reconocer la grandeza y el esmerado trabajo que han realizado desde hace muchas décadas, legendarias maisons como Dom Pérignon (Moët & Chandon) o Louis Roederer, en pos de la elaboración de grandes champagnes rosados. ¿Por qué? Porque no se limitaron “colorear” una más de sus cuvees, si no que buscaron el ensamblaje perfecto que permitiera obtener un champagne con identidad propia, que no se limitará solamente a mostrarse “pintón” en la copa, sino que incluso en algunas añadas llegará incluso a superar la calidad del resto de su gama de champagnes.

Hablamos de champagnes que se concibieron para disfrutarse durante lustros en las mejores añadas, por tanto alejados de la tendencia actual de concebir los Champagnes Rosé como golosinas tempraneras, elaborados con crianzas muy cortas, buscando la conservación de un color llamativo, los aromas primarios y la ansiada frescura; en detrimento de la complejidad, longevidad y finura.

Tengo la sensación de que champagnes como Louis Roederer Cristal Rosé o Dom Pérignon Rosé fueron los detonantes de la fiebre internacional que hoy perdura por los Champagnes Rosé.

Dentro del “aburrimiento” que antes esgrimía que yo siento hacia la mayoría de los champagnes rosados, es cierto que en los últimos años se perciben algunos síntomas de mejoría, y que yo personalmente achaco a 2 factores:

  1. Al movimiento emprendedor y curioso de un pequeño ramillete de Vignerons. Porque como siempre digo, vignerons cada día hay más, en pocos años cientos de ellos se han lanzado al embotellado y etiquetado de sus propias cuvees en lugar de limitarse a vender las uvas a las grandes maisons. Pero la realidad es que haber hay muchos, pero de verdadera calidad no se encuentran tantos. Dentro de esa joven generación que se ha formado en las principales regiones vinícolas del planeta, hay una gran inquietud, por ensayar, por investigar, por experimentar nuevos conceptos, siempre preservando el alma del champagne, y esto entre otras cosas está ayudando a cuando menos generar personalidad propia a los champagnes rosé. Ahora se elaboran Rosados diseñados de forma independiente desde el inicio, desde la selección inicial de los viñedos y variedades de uva con los que se confeccionen, hasta la crianza y dosage que mejor los balanceen.
  2. La apuesta por los Rosé de Saignee (de sangrado). Supongo que la mayoría conoceréis que existe dos tipos de champagnes rosados:
    1. Rosé de Ensamblaje (d´assemblage) que se elabora añadiendo una parte de vino tinto en el ensamblaje total, lo que le aporta la coloración y por supuesto un carácter diferenciador.
    2. Rosé de Sangrado (de Saignee). Se obtiene a partir de la maceración uva tintas (Pinot Noir y/o Meunier) con el mosto, durante un periodo de entre 6 y 24 horas habitualmente, previo a la fermentación.

Los Rosados de Sangrado eran muy poco habituales en la Champaña hasta hace muy poco tiempo, pero cada vez es más habitual encontrar pequeñas cuvees de este estilo elaboradas por algunos vignerons, en añadas buenas y a partir de parcelas que consigan una maduración adecuada. Estos champagnes que aun tienen mucho recorrido de mejora, han venido al menos a aportar esa personalidad o identidad que yo echaba de menos en la pluralidad de los Champagnes Rosé.

maceracion rosé

Comencé al inicio de este artículo diciendo que este 2016 me lo planteo como un año de acercamiento y reconciliación con los Champagnes Rosé, y para ello quise que la primera cata formativa del año tuviera como protagonistas a 12 cuvees rosadas, elaboradas por varios amigos vignerons, algunos de ellos grandes figuras internacionales contrastadas y otros jóvenes productores que se encuentra en el inicio de su andadura. Tratamos de hacer una selección de lo más variada, que contenía:

  • Ensamblaje y sangrado
  • 12 productores diferentes
  • Procedentes de las 4 principales regiones de la Champaña
  • Mezclamos distintos niveles de precios
  • Diferentes estilos respecto a la crianza, dosage, degüelle
Champagne Rosé

Conclusiones:

Una primera conclusión que extrajimos es que existe una gran diferencia entre los Rosé de Ensamblaje y los de Sangrado. Estos últimos ya muestran su carta de presentación al caer en la copa, sus colores son siempre mucho más subidos, más vivos. Se muestran más exuberantes tanto en nariz como en boca. Sin duda son vinos mucho más arriesgados para el elaborador, las características naturales de la añada, van a definir de forma clara, el color, el aroma y el gusto del vino. Por el contrario los champagnes de ensamblaje pueden diseñarse desde un trabajo de ensamblaje meditado, el productor tiene un mayor grado de control sobre el producto final, lo que le permite corregir posibles defectos y destacar las virtudes.

Por tanto podemos resumir, que los champagnes de ensamblaje suelen ser más accesibles, más fáciles, más delicados y elegantes, equilibrados,… pero en muchos casos puedan llegar a ser aburridos. En general son los más entendidos y demandados por el público en general. Mientras, los de sangrado, son champagnes más estructurados, trasgresores, más personales, más “defectuosos”, en general más “frikis” y en muchas ocasiones yo diría que un tanto pesados. Rebosantes de personalidad pero quizás carentes de finura.

La segunda conclusión es que nos parece interesante la incorporación de la Chardonnay en la constitución de un Rosé. Catamos varios champagnes monovarietales elaborados exclusivamente a partir de Pinot Noir o Meunier (variedades tintas), pero varias de las cuvees que degustamos tenían en su composición distintos porcentajes de la variedad Chardonnay (blanca). Estos últimos tenían características comunes: un menor grado de coloración en el vino, dirigido hacia colores asalmonados, piel de cebolla,… Pero sobre todo destacaba una sensación adicional de finura, de elegancia, de frescura e incluso de mineralidad que convenció a la mayoría. No hay demasiados Rosés elaborados en la Cote des Blancs, sobre todo por la ausencia de variedades tintas en esa región (el Chardonnay representa el 85 % del viñedo), pero cuidado con la alta calidad de los escasos “Blanc de Blancs Rosé” que existen y los que a buen seguro comenzarán a surgir próximamente.

Una tercera conclusión es que nos gustaron en general más los Champagnes Rosé sin apenas dosage (Brut Nature, Non Dosage). Este un tema para desarrollar con más detalle en próximos artículos, pero lo que es evidente es que el cambio climático también ha llegado a la Champaña, en general para bien, ya que permite que la maduración de la uva tan complicada en otras épocas, se consiga ahora en la mayoría de la añadas. Esto está suponiendo la menor necesidad de añadir azúcar a la mezcla (dosage) para balancear los champagnes. En el caso de los Champagnes Rosé, sobre todo en los de Sangrado, es necesaria una mejor maduración de la uva, para conseguir la pigmentación (antocianos) necesaria y sobre todo para que la maceración del mosto con el hollejo no llegue aportar sensaciones vegetales al vino. Esta conclusión lógica sobre el papel, pudimos ratificarla en cata ciegas, el equilibrio deseado lo encontramos en los Rosé con apenas dosage.

Como añadido a este artículo y en rectificación de alguna más de las conclusiones que añadíamos, decir que nos sigue “picando” que un Rosé por el simple hecho de serlo, ya va a tener un precio asumido por el mercado de un 20 o 25 % superior al de un champagne elaborado en blanco de similares características de viñedo de procedencia, tiempo de crianza,… En su defensa tenemos que esgrimir que su elaboración entraña mayores riesgos, la uva tinta que propicia el color requiere un mayor tiempo de maduración en la cepa, con el riesgo que ello conlleva en una región como la Champaña, y además obliga a sufrir una merma de rendimiento para conseguir la madurez idónea de esa uva, eso consecuente se traduce en una pérdida económica que se debe compensar con un incremento del precio final del producto.

Y por último, insistir en nuestro reconocimiento tanto del alto nivel que empezamos a encontrar en varios Champagnes Rosé (desgraciadamente aún son minoría), como de la consecución de un carácter sumamente personal que los convierte en una tipología de vinos y espumosos verdaderamente diferentes.